¿Te has preguntado por qué la sociedad parece todo menos una dimensión organizada y asociativismo?
El contrato social va más allá de pensar que nos regimos por leyes; se trata en lo profundo de un falso acuerdo de voluntades, donde se supone que en perspectiva la sociedad de un país llegó a un acuerdo para marcar el rumbo de lo que llamamos Estado. Es decir, una especie de entramado sociológico que respeta el bienestar de lo colectivo y lo individual, expresiones contradictorias de los estados modernos que se habían construido en el liberalismo que protegía la individualidad frente a lo colectivo.
El dilema liberal colapsó en las primeras décadas del siglo XX porque el individualismo generó un egoísmo ciego que ahondó en occidente las contradicciones del capitalismo, arrojándonos a la primera gran crisis económica de 1929, que en realidad fue una caja de Pandora que lo amenazó todo, no solo lo económico, y la Segunda Guerra Mundial fue el hijo bastardo de esa crisis.
Ante esta oscuridad humana, los pasos perdidos de la sociedad fueron guiados por el Estado de “bienestar” que dio paso al capitalismo populista que habría de fracasar ante los intereses de las élites, lo mismo en la Argentina de Perón que en el México de Cárdenas. Allí se transitó entre los encontronazos del Estado y las élites nacionales e internacionales, dando como resultado el control obrero, campesino y social.
A profundidad, el neoliberalismo del capital construyó a la individualidad cruenta y ciega, en donde uno es “hijo de su propio esfuerzo”, aunque este esfuerzo sea ilegal, lo que importa es engordar en riqueza y bienes como gusano de ataúd, dando paso a los nuevos Robinson Crusoe, aquellos que viven en el ostracismo bajo el doble discurso de que son seres sociales, pero lo social es solo la inercia de la necesidad de consumo y riqueza.
El capitalismo es egoísta y no está concebido de otra forma; no se otorga nada sin el cálculo agudo de la ganancia. Así, se pervierte cualquier intención solidaria humana, e inclusive se genera el doble discurso, o doble estándar, donde los empresarios parecen nobles y dignos representantes de la generación de riqueza porque generan empleos, creando una sociedad “parental”, donde los trabajadores son sus hijastros y le deben lealtad al empresario; condición de neoesclavismo guiado por un contrato oscuro que jamás admite que la riqueza del empresario proviene del trabajador que es quien genera la producción y el producto de esa riqueza.
En esta sociedad ciega habita Robinson Crusoe, mirando el horizonte sin desear que le toquen su ínsula de comodidad que se preserva en el individualismo, jamás en sociedad.
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Por: Carlos Barra Moulain
Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.