En este punto de la evolución humana, la degradación política de los estados no solo es evidente, sino que traza un momento importante para entender el extravío social frente a la erosión del Estado y trata de analizar sus impactos en la sociedad.
Nada tan significativo como el hecho de que en muchos gobiernos la pandemia ha servido como el catalizador para quitar el velo sobre la probidad y capacidad de la clase política, que abiertamente no puede proponer un proyecto que rescate a la sociedad que se encuentra aquejada por la crisis sanitaria, económica, política y social, sin que esto parezca, en los hechos, importarle.
El escenario también advierte que los pobres son carne de cañón para la élite del poder y, por tanto, una preocupación menor, porque no son los sectores sociales que se han rebelado ante la crisis de Estado, sino los sectores medios y de élite son el epicentro de las exigencias hacia los gobiernos y quienes presionan para garantizar su sobrevivencia y privilegios.
Esto advierte que la pobreza jamás ha sido el tema nodal de los gobiernos, sino solo el paliativo sensible para que los discursos disfracen de legitimidad sus acciones, haciendo creer que el Estado vela por los que menos tienen, pero esto solo es demagogia barata y gatopardismo frente a las cifras de pobreza mundial, que por lo menos en México anuncian que existen 52 millones de pobres (INEGI).
El juego político de los poderes públicos desvela el control necesario del statu quo del establishment, donde pandemia, catástrofes naturales, conflictos sociales, inseguridad, migración o pobreza sirven para legitimar su ser y la naturaleza de existir, pero en la realidad cruda, los poderes públicos advierten que han sido constituidos para garantizar el control social; por ende, los desencuentros citados son el caldo de cultivo para que los ciudadanos vean como necesaria a la burocracia, y claro que el Estado y la burocracia son necesarios, pero no este Estado y esta burocracia.
Del otro lado del espectro político, la sociedad civil se mantiene inerte, solo se reactiva cuando la mierda le llega al cuello, desarticulada y desorganizada; en los hechos, lo social parece ser reflejo de una interacción distante y discreta, pero no de un poder asociativo y mucho menos orgánico que pueda hacer valer la metáfora de la soberanía de Hobbes.
La piel de una sociedad alienada y desprovista de poder orgánico es perceptible en esta crisis sanitaria; más de tres millones de personas han muerto y la sociedad mundial ve pasar a la muerte como un fantasma que le atemoriza, pero que no se asume con rostro de gobierno o clase política en su responsabilidad y culpabilidad, sino como un mesías crucificado y, por ende, inocente.
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Por: Carlos Barra Moulain
Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.