Si existe una clase política corrupta, descarada y carente de conciencia social, esa es, sin duda, la brasileña.
Después del sainete que hicieron los legisladores brasileños para destituir a Dilma Rousseff, ahora resulta que como la corrupción y el abuso de poder están a la orden del día, Michel Temer -que por cierto fue uno de los artífices del juicio político que depuso a Dilma- podría caer en la cuerda con un impeachment en su contra.
Como Brasil tiene una clase política poco seria y deshonesta (en la mayor parte de los casos) no puede extrañar que los ciudadanos se hayan percatado de que tienen un presidente corrupto, y en los hechos ya han existido varias acusaciones y solicitudes de juicio político contra Temer, pero no sabemos si esto se logrará.
Brasil es una cloaca política, no existe certidumbre sobre la actuación de los servidores públicos y nada parece limpiar los problemas de forma y fondo en un país con amplios contrastes sociales.
Lo importante de este escenario es que podemos apreciar que la clase política en el mundo ha ido perdiendo credibilidad a pasos agigantados, por lo que los sucesos de Brasil no constituyen sorpresa alguna, sino que afianzan una idea oculta en el sentir social: ¿quién debe manejar al Estado?
Lo increíble es que quienes manejan al Estado son juez y parte de sus acciones y decisiones, por lo que apelar al pleno ejercicio de su labor en pro del mandato ciudadano es prácticamente una tragicomedia.
¿Hasta dónde llega la certeza de cómo se construye, y por qué, la ley o las leyes?, ¿cómo controlar a una clase que tiene claros intereses y que éstos difieren de la sociedad?, ¿de qué sirve una nacionalidad cuando el Estado es el pabellón de unos cuantos y sus privilegios?
Brasil goza y vive a ritmo de samba, acepta la corrupción y la impunidad mientras su clase política hace lo que quiere, total, si la selección brasileña de futbol anda bien, ¿qué importa lo demás?

Por: Carlos Barra Moulain
Carlos Barra Moulain es Dr. en Filosofía Política, su ciudad natal es Santiago de Chile, encuentra en el horizonte social su mejor encuentro con la historia y hace de las calles el espacio de interacción humana que le permite elevar su conciencia pensando que la conciencia nos ha sido legada por los otros.